Tuesday, December 26, 2006

Los frascos de la tía Tania

Lo maravilloso de la literatura es aquella sucesión de imágenes que genera en nuestra mente. Imágenes que nacen y adquieren consistencia, a partir de ciertas condiciones que los renglones preestablecen. Pero el toque final, el magnífico y más importante, se lo damos nosotros. Cada uno, de acuerdo a nuestra historia, a nuestras fantasías, a nuestros deseos y a nuestro mundo interior.
Esas visiones nos generan múltiples sentimientos. Algunos muy agradables y placenteros. Otros conmovedores y aventureros. Y otros, sencillamente, repugnantes…


Mis únicas dos diversiones de la casa de Belgrano eran mi muñeca Rebeca y mi tía Tania. Con Rebeca pasaba todas mis horas. Solo me separaba de ella en las noches. La colgaba en la pared y la miraba hasta dormirme. Su cabeza era inmensa. Redonda y pelada como la de un bebé. Pero sus facciones eran las de una mujer adulta. Si. La verdad no era atractiva. Pero yo la adoraba. Y aquel contraste entre su cuerpo aniñado y su cara era lo que más me llamaba la atención. Por eso la miraba fijamente hasta dormirme. Casi me olvidaba de pestañar. De alguna manera creo que trataba de corregir su fisonomía con mis ojos. Ella era mi hija y yo tenía que aceptarla tal cual era.
Mi segunda diversión, la tía Tania, vivía en la casa del fondo. Su hogar estaba separado del mío por voluntad de mi difunta abuela. Jamás supe el motivo y tampoco pregunté mucho. Solo me limitaba a ir y disfrutar de su compañía
¡Era tan inquietante su presencia! Realmente la quería. Siempre me recibía con ensalada de frutas. Las más exquisitas que probé. Recuerdo la bienvenida de todos los días. Abría la puerta y cuando veía que era yo se quedaba inmóvil. Me miraba cuatro segundos fijamente, sonreía profundamente, y me decía “pasá”. Luego nos sentábamos en la mesa redonda cubierta por un mantel con pinos dibujados. Unos pinos que, a la luz del pequeño rayo solar que pegaba en la mitad de la mesa, se veían verdes. Pero, en la sombra que producía el resto de la oscura casa, se veían grises. Yo los observaba en los momentos en que me sentía inhibida por ella. Es que siempre estaba en frente mío sin decir una palabra, en medio de la lúgubre casa, observándome mientras comía mi ensalada. Y eso me asustaba. Su mirada era tan penetrante y detenida que parecía atravesarme. Sus ojos se posaban en mí pero no me miraban del todo. Parecían perdidos, inmersos en un mundo paralelo. Por momentos su figura me recordaba a la de mi abuela en el velatorio. Inmóvil y con los ojos abiertos. Así es. Tania llevaba esa misma expresión cuando estaba frente a mí. Pero inmediatamente, cuando presentía mi temor, no vacilaba en dedicarme una sonrisa tranquilizadora.
Luego de la hora de silencio, cuando ya finalizaba mi ensalada, expectante me decía la segunda y última frase del día “¿Cómo estuvo hoy?”; y yo le contestaba cada tarde algo diferente: “exquisita”, “extraordinaria”, “magnífica”. Recuerdo que me aprendía una palabra distinta cada día para luego ir y dedicársela a ella. Seguido de eso me levantaba, besaba su mejilla y volvía a mi casa. Todo sin pronunciar más palabras.
Ese era nuestro juego. Así nos comunicábamos. Ese momento de nada y todo a la vez era apasionante. Poder saborear cada fruta con el placer y la adrenalina de tener un cuerpo petrificado en frente mío, invadiéndome de una manera tan particular, le daba al encuentro un tinte fascinante. Eran tardes inmersas en el silencio. Tardes repletas de incógnitas.
A mi mamá no le gustaba mucho que fuera a lo de la tía. Es por eso que me dejaba ir sólo por una hora. Y ella se acercaba a su casa solo una o dos veces al mes para hablar de algunos pagos de boletas que tenían en común ambas. Pero más relación que esa no existía. Quizá alguna que otra vez mi padre le llevaba un pedazo de la torta de naranja que cocinaba, como para no perder relación. Pero, repito. Aquel distanciamiento entre mis padres y Tania nunca me había preocupado mucho. Ya estaba acostumbrada a la situación, hasta aquel día. Un día en que mi mamá me hizo una extraña pregunta.
Ese día mi madre había regresado de hacer las compras. Yo estaba bañando a Rebeca que ya estaba muy sucia. En ese momento ella entró al baño, me saludó y me lo preguntó con una expresión de sospecha y preocupación severa, como queriendo sacar afuera algo que tenía guardado desde hace tiempo: “Priscila… ¿La tía nunca te mostró lo que tenía dentro de su armario, no?”. Yo, sin entender a qué venía tal pregunta, le respondí: “No, jamás ¿Por qué? ¿Qué tiene adentro?”. Ella cambió repentinamente la expresión y sus músculos faciales se aflojaron completamente. Luego de eso fingió una risa y dijo: “¡Ah! ¡Nada curiosidad! Igualmente ya recordé que sólo guarda papeles importantes adentro. Gracias hija.” Luego de eso se fue de inmediato.
¡Si supiera mi madre cuánto la conocía! No puedo creer que haya pensado que me quedaría tranquila luego de una actuación tan inverosímil. La duda me había quedado completamente arraigada en el pecho aquel día. No veía la hora en que se hicieran las 5 de la tarde para ir a comer mi ensalada de frutas y ver aquel armario. Mientras tanto terminé de secar a Rebequita y la fui a vestir.
Cuando llegó el glorioso horario, apuré mis flacas y alargadas piernas para poder llegar al otro lado del patio. Golpeé la puerta de la tía y traté de controlarme. Luego del ritual diario de bienvenida, cuando ya estaba en la mitad de mi ensalada, con los ojos de ella posados en mí, decidí inspeccionar cautelosamente el armario desde mi asiento. Pero como Tania no dejaba de mirarme, mis ojos podían desviar la mirada hacia el mueble solo esporádicamente. Primero recorrían toda la casa para después poder llegar al armario, aparentando ser uno más de todos los detalles que miraba en mi inspección general. Pero no quería llamar su atención. No quería incitarla a que me hablara y me dijera algo diferente a lo de todos los días, más allá de sus dos frases. Porque de ser así, romperíamos el juego.
Las pocas y entrecortadas cosas que podía observar, a pesar de la oscuridad del ambiente, realmente me llamaron la atención. Aquel armario resplandecía en medio de la casa. Estaba impecablemente limpio y pintado, a diferencia del resto de los muebles. Tenía manijas de madera con surcos tallados en forma de rombos sobresalientes con distintos tamaños. Sus bordes, parecían ser de oro por su brillo y pureza, y cada puerta tenía dos vidrios arqueados que, al ser opacos, no me permitían ver con exactitud lo que había adentro. Tan solo podía percibir un leve destello brillante que venía del interior del mueble, como la tapa de algo. Pero lo que había en el techo fue lo que más llamó mi atención. Eran dos estatuas apoyadas, realmente impresionantes. Nunca me había detenido a mirarlas antes. El parecido que tenían con mi muñeca Rebeca era muy llamativo. Se trataba de dos cuerpos diminutos y sin forma madura, cuyas cabezas eran más grandes que el resto del cuerpo y cuyos rostros eran completamente adultos. Ambas eran de mármol, estaban opuestas entre sí, y se encontraban en una pose embrionaria. Eran muy extrañas. Me habían impactado mucho. Esas criaturas transmitían abandono y dolor. Me costó demasiado poder sacármelas de la cabeza. Y eso me encantaba.
Luego pronuncié mi palabra amable acerca de la ensalada de frutas y me fui a casa. No había podido develar el secreto del armario. Lo único que conseguí aquel día fue irme con gran impresión a causa de esas estatuas. Así fue como, por causa de ello, pasé toda la noche sin siquiera agarrar a Rebeca por el parecido que tenía con aquellos adornos. Igualmente, a la mañana siguiente, se me pasó la impresión y la fui a buscar para vestirla más linda que nunca. Porque hoy iba a llevarla a lo de mi amiga Trinidad, que vivía en la casa de al lado. Ella también tenía una hijita y ambas tomábamos el té juntas mientras las cuidábamos. Pero, a pesar de que ir a su casa me fascinaba, la verdad no estaba muy alegre por el motivo que me hacía ir allí y no a lo de mi tía. Lo que ocurría era que Tania, desde hace años, me tenía prohibida la entrada a su casa todos los 15 de Octubre. Y si. Una más de las tantas cosas a las cuales debía acostumbrarme sin comprender la causa. Pero esa vez no iba a quedarme con la intriga. Ya estaba harta de los misterios y ocultamientos.
Trinidad me recibió muy cariñosamente. Siempre se quedaba abrazándome como dos minutos seguidos. A veces me parecía un poco pegajosa, pero no por eso dejaba de quererla y de entender que ella estaba acostumbrada a demostrar mucho el afecto. En cambio, yo estaba acostumbrada al desapego total. No solo por parte de Tania, quien no tocaba cuerpo ajeno por propia iniciativa, sino también por parte de mi madre, que pocas veces me daba un abrazo o un beso y, aunque no me lo hacía notar, yo sabía que siempre prefería tenerme jugando en lo de alguna amiguita o en el colegio. Parecía un típico rasgo de su familia. Ninguna de las dos hermanas era demostrativa. Pero Tania me quería. Y mi madre no mucho. Solo mi padre demostraba el cariño, pero a él lo veía muy poco en el día.
Trinidad me llevó a su cuarto y me mostró la nueva muñeca que se había comprado. Tenía el pelo dorado y ojos brillantes. Era demasiado perfecta. No me transmitía nada. Yo le pregunté en dónde estaba la anterior y ella me la señaló ¡No lo podía creer! Estaba tirada bajo su cama completamente sucia y desnudita, su vestido lo tenía puesto la muñeca nueva. Inmediatamente pensé en la actitud desalmada que había tenido al reemplazar así a una hija por otra, abandonándola de esa forma. Me había amargado mucho. Ya no quería jugar con ella. De qué me serviría intercambiar consejos de maternidad con alguien que cambia a sus hijos. Quería volver a casa. Quería ver a Tania y preguntarle porqué no podía estar con ella aquel día.
Enseguida recordé algo fascinante. La claraboya del baño de la casa de Trinidad daba claramente al comedor de Tania ¡Qué oportuno! No quedaba más que pedir de ir allí para poder espiar lo que estaba haciendo la tía. Y así fue. Le pedí a Trinidad que me esperara porque me iría a lavar las manos para tomar el té. Una vez encerrada en el baño, corrí la cortina de la bañadera y allí estaba. A lo alto de la misma se encontraba la claraboya, favorablemente más grande de lo que la recordaba, pero atravesada por vidrios en hilera que dejaban solo unos tres centímetros de espacio entre uno y otro. Iba a ser complicado mirar a través de ella. Pero más complicado aún sería pisar la jabonera de cerámica para poder alcanzarla, se encontraba casi pegada al techo.
Estaba a punto de treparme, pero me detuvo algo extraño. De la claraboya salía una melodía. Un canto. Supuse que era la voz de mi tía pero no estaba segura porque nunca antes la había escuchado cantar. Igualmente no había otra opción, la única que vivía en la casa de al lado era ella. No entendía con claridad de qué melodía se trataba hasta que logre acercarme aun más al objetivo. Cada momento el sonido se hacía más claro. Mi tía estaba cantando el “Cumpleaños feliz” “¡Qué extraño! ¡Si ella vive sola! ¿Se lo estaría cantando a si misma?” Pensé. Pero no, Tania cumplía en Enero. También deduje que podría habérselo estado cantando a una amiga, pero nunca le había conocido alguna. Ya faltaba poco para acercarme del todo al punto de visión ¡Estaba tan intrigada! Su voz era áspera y grave pero muy entonada
¡Al fin llegué! Y allí estaba, tal cual lo suponía. Mi tía estaba rondando por la casa, como en busca de algo, mientras entonaba la canción. En un principio supuse que lo hacía sin sentido, como quien canta cualquier cosa en la bañera. Pero luego su actitud me empezó a extrañar. Sus gestos no transmitían dispersión. Su canto estaba dedicado a alguien o a algo. Algo que parecía estar buscando ¡Qué insólito! Nunca la había visto así. Comencé sentirme incómoda y entrometida. Presentía que estaba violando algo muy íntimo. Tenía algo de vergüenza. Pero no podía dejar de mirar. Ella seguía caminando por toda la casa. Ahora parecía no tener rumbo fijo. Sus piernas casi esqueléticas se movían rápidamente. Y por momentos cerraba sus ojos. También era llamativa su vestimenta. Tenía un traje de fiesta azul cubriendo su angosto y arrugado cuerpo y unos tacones inmensos que hacían a sus piernas más flacas y largas de lo habitual. Por otra parte, su pelo blanco, cortado a la altura de las orejas, estaba cubierto por una boina negra que dejaba caer un tul del mismo color hasta el comienzo de su largo cuello. Me preguntaba por qué tendría aquel tul de luto puesto.
La casa estaba oscura como de costumbre. Solo un pequeño rayo solar, por momentos, le alumbraba a Tania la mitad de la cara. Y, descontrolada, seguía cantando y bailando al mismo compás. Comencé sentir miedo ¡Qué fascinante! Su penetrante mirada, aquel día estaba más perdida que nunca. Luego empezó a reír con la boca temblorosa. Sus pómulos arrugados subían y bajaban con cada gesto. Por momentos levantaba sus cejas y exclamaba un grito de placer. ¡Por Dios! pensaba ¿Esa era mi tía?
No entendía a qué quería llegar, hasta que se posó frente a él, al inmenso armario. Comenzó a acariciarlo lentamente y a recorrerlo con sus avejentadas manos. Parecía disfrutar la textura de la madera al máximo. Pero lo más impactante fue verla pasar su porosa y enrojecida lengua por el mueble. Actuaba sin sentido. Nunca imaginé que el 15 de Octubre envolvería un momento así. Un cuerpo viejo, algo encorvado y arrugado, vestido de gala y de luto, recorriendo su casa en medio de la oscuridad, lamiendo sus muebles, cantando el “cumpleaños feliz” ¡No podía ser Tania! ¡No la misma que me recibía todos los días con tanta amabilidad! Pero si podía ser la misma Tania que también me recibía con tanto misterio.
Inmediatamente se acercó a las dos estatuas opuestas que me habían dejado impresionada el día anterior. Aquellas que estaban sobre el mueble. Las tomó con ambas manos y comenzó a acunarlas. Yo me detuve en ellas, por algo me habían causado tanta extrañeza, parecían ser la representación misma de las dos personas que vivían en mi tía. En aquel momento experimenté la misma sensación de incertidumbre, cien veces potenciada, que me producía su mirada impactante, cada tarde, cuando estábamos sentadas en la mesa. Luego de abrazar y lamer, también, a las deformes estatuas con forma embrionaria, se posó derecha frente a la puerta del armario, dispuesta a abrirlo. Pero no proseguía a hacerlo sino que, sin dejar de cantar cada vez con mayor intensidad y en plural: “que los cumplan feliz, que los cumplan feliz…”, parecía meditar acerca de lo que estaba por hacer ¡Sentí que aquella sería la culminación de tantos secretos! Sentí que ese acto revelaría la apasionante incógnita que había movido gran parte de mi admiración por la tía. Recordé la pregunta de mi madre y sentí algo de miedo. Su preocupación significaba algo. Yo no debía verlo
La tía no paraba de cantar y balbucear con la boca. Movía la cabeza hacia ambos lados como formando un ocho y revoleaba sus ojos hacia arriba y hacia abajo. También hacía mímicas con sus manos, probando distintas maneras de abrir el armario. Parecía querer hacerlo de la manera más perfecta, como si dentro del mismo se encontrara algo sagrado. Pero no concretaba el movimiento. Todo su cuerpo buscaba la postura más apropiada para hacerlo. Se agachaba, se paraba, todo lo hacía en forma de danza, como si fuera un ritual.
De repente sentí la voz de Trinidad preguntándome si estaba bien ¡Me exalté! Y con miedo a que Tania escuchara algo desde su casa, agaché mi cabeza por debajo de la claraboya y le contesté que me esperara porque estaba descompuesta.
De pronto el canto cesó. Cuando volví mis ojos a la casa, mi tía ya lo había resuelto. El armario estaba abierto. Y ella, en completo silencio y con la mirada triste, comenzó a sacarlos. Primero a uno y después a otro. Eran dos frascos bastante grandes con una brillante tapa de plata, que resplandecía más a la luz del pequeño rayo solar que les pegaba justo en la posición en la cual Tania los había colocado. Y en el interior de cada uno de ellos había dos materias completamente iguales entre sí. No alcancé a comprender con exactitud lo que eran en sí mismas. En ese momento de mi vida, eran completamente extrañas para mí. Tania los apoyó en la mesa y se fue hacia la cocina por un momento. Momento que me sirvió para mirar con detalle en sus interiores e ir descifrando el misterio.
Había dos materias, una en cada frasco, parecían estar durmiendo, plácidamente, sumergidas en un líquido el cual las mantenía algo rígidas. Pero, al verlas bien, noté algo siniestro. Tenían cierto parecido con mi muñeca Rebeca, es decir, con un cuerpo humano. Y también me recordaban a los adornos de arriba del mueble. Las que parecían ser las cabezas, más grandes que el resto del cuerpo, algo ovaladas, no tenían cara. Y, seguido de un torso redondo, salían cuatro extremidades demasiado finas. También, tenían aquella expresión de abandono y sufrimiento que yo siempre intentaba cambiar en mi muñequita. Aquellas mismas expresiones de los seres del adorno. Un gesto de desdicha, de muerte, de carencia de algo, algo vital, de querer expandirse y crecer y no poder hacerlo, no poder desarrollarse. No poder vivir.
Se acercaba nuevamente la voz de Tania cantando el ”Cumpleaños Feliz”. Caminaba pisando dos veces en un mismo paso con cada taco. Los miraba fijamente, sonriéndoles con la cabeza inclinada y los ojos casi a punto de estallar. Reía y temblaba. Se acercaba cada vez más. En sus manos llevaba dos tortas, cada una con diecisiete velitas. Yo comenzaba a comprenderlo todo. Colocó los frascos en el centro exacto de la mesa redonda, y una torta en frente de cada uno ¡Parecía estallar de alegría! Parecía haber estado guardando todas sus palabras durante el año, solamente para aquel día. Allí el canto aumentó nuevamente su ritmo e intensidad. Un ser viejo y arrugado dando palmadas y festejándole el cumpleaños a dos seres enfrascados. Acercándoseles, besando cada frasco con intensidad ¿Serían sus hijos?
¡Dios mío! ¡Cuántas sorpresas me daba la tía! ¡Esto era magnífico! Allí no molestaban ¡Qué buena idea! Mantenerlos en aquel frasco por siempre. En ese momento estaban cumpliendo unos 17 años. Si. Los estaban cumpliendo. Claro que sin haber podido desarrollarse. Si lo hubiesen hecho, en aquel instante estarían sentados junto a su madre, quizá planeando su viaje de egresados, sus futuras carreras, sonriendo junto a ella, hablando de sus amigos y parejas. Pero, también, faltándole el respeto, estorbándola, haciéndole cumplir gastos para sus diversas trivialidades sin aceptar los pedidos de colaboración de la misma en cuanto al orden del hogar, es más, habiéndole hecho agrandar su casa o mudarse para que tuvieran sus cuartos. O habiéndole hecho pagar sus colegios, sus estudios universitarios, sus ropas, la comida, los juguetes cuando eran niños. Consumiéndola en todo sentido, esclavizándola, como mi madre me decía a veces ¡Tanto se ahorró! De esa manera podía amarlos sin necesidad de trabajar tanto por ellos. También podía tenerlos conservando sus formas más tiernas. Eternizando sus cuerpos de bebés. Aquellos de los que tanto le cuesta desprenderse a una madre al ver a sus hijos madurar. Manteniéndolos protegidos de cualquier peligro exterior. Y… aunque por dentro estaban vacíos… ¿Cuál era el problema? ¿Acaso dejaban de ser ellos? ¿Quién decide cuándo un ser pierde su identidad? A lo sumo estarían a medias, sus almas por un lado y sus cuerpos por el otro. Pero ¡Qué importaba! Estaban en silencio, se dejaban amar. La tía estaba feliz dedicándoles el día y pudiendo contemplar, en ese momento sin emitir sonido, sus amorosas imágenes, allí, serenas, inmersas en aquel líquido, algo borrosas, con expresión de ternura y tristeza, como antes mencioné. Alguna tristeza que les había quedado a ambos sellada aquel día en el que fueron quitados de algún seno a destiempo. Alguna tristeza que había quedado para siempre marcada en sus rostros aquel día en que perdieron la vida. Pero aquella expresión era sólo un destello de las viejas épocas. En ese instante reinaba la felicidad.
Nunca conté a nadie lo que vi aquel 15 de Octubre. Quedó guardado en mi mente como un momento más. Nunca dejé de visitar a la tía y ella jamás sospecho lo que yo había descubierto. Todo siguió igual. Excepto yo. Lo visto aquel día me enseñó como disfrutar a mis futuros hijos. Ya había comprendido la mejor forma de convivir con ellos.

Discurso para el día del maestro

Me enseñaste que mi tierra fue mil veces abatida. Que pasó por grandes luchas antes de ser la Argentina. Y si bien yo no existía y mis ojos no lo vieron, tus palabras me sirvieron y en mi mente cobró vida. También gracias a vos supe que en el mundo existen guerras, que la avaricia y crueldad no respetan fronteras.
Me enseñaste que hay un suelo con bellísimas riquezas: montes, mares, selvas, bosques, lagos, ríos y llanuras. Y si bien yo tuve dudas, tú supiste responderlas.
Me enseñaste de valientes que cambiaron nuestra historia, de poetas soñadores que escribieron sus pasiones, de sabios descubridores que revelaron el mundo y de hombres que en un segundo destruyeron naciones.
Me enseñaste de aquel mundo de los números danzantes, que vagando por las hojas nos delatan sus verdades. Y aunque traviesos se ocultan y juegan a entremezclarse, me ayudaste a comprenderlos. A tu lado fue más fácil.
Junto a vos reflexioné sobre mi condición humana. Aprendí lo que es el ente, la vida, la muerte, la nada.
Tantas cosas me enseñaste, entre silencio y bullicio, entre burla y disciplina, entre risas y consejos… Y así, día a día firme, sin jamás bajar los brazos, venciste todo altercado con vocación verdadera, entregándote fielmente a tu noble tarea.
Cuando estoy desatenta, hablo y río, no hago más que buscar aquel reto querido. Cuando tengo un problema que me atormenta, sé también que estás vos con tu sabia respuesta.
Y aquí cómoda estoy, en tu grato resguardo, comprendiendo de a poco lo que pronto me espera. Cuando esta etapa cese y la adultez me invada, añoraré entre lágrimas tu fiel consejo. Tu amena clase. Tu atenta mirada.
Y cerca del fin comprendo lo importante que fuiste. Mi maestro querido, me entregaste tu ciencia, me entregaste tus horas, festejaste mis logros. Mi maestro querido me llevaste a un sendero, me tendiste tu mano, me entregaste un tesoro.

Thursday, July 27, 2006

Descubriendo el más allá

El Sol se extinguía. Otra nueva noche invernal se hacía presente. Los ladridos de perros no cesaban. La furia del viento golpeaba cierto objeto. Yo lo escuchaba. No lo veía.
Ya estaba resignado. Nadie me escucharía. Las uñas me sangraban. Percibía el sabor en el paladar. Una pequeña rendija me permitía inhalar algo de aire.
Hace más de seis horas que debía estar allí. Había despertado en la penumbra. Estaba encerrado. Incertidumbre. Desconcierto. Mi mente ya no alcanzaba a procesar tantas ideas. Mis músculos se habían tensado. El pánico recorría mis venas. El corazón iba a salirse de mi cuerpo. ¡Tantos movimientos! ¡Tantos ruegos! La desesperación me había invadido completamente.
Luego me contuve. Podía percibir cómo transitaban las horas. Ya todas las sensaciones habían cambiado. Llegaba la angustia. El dolor. La impotencia. Estaba sumiso.
Sabía en dónde me encontraba. Ya había visto antes la bóveda dispuesta para mi familia. Nunca imaginé que la viviría desde adentro. Al menos no que la viviría. Pensar que estoy a unos centímetros de de mi abuelo. De mi difunto abuelo.
Por un momento lo dudé. Quizá ya había muerto. Quizá esto era la muerte. ¿Soy mi propio espíritu? En mi desesperación llamé al cadáver de mi abuelo. Le imploré que me ayudara. Quizá él estaba en mi situación. Tal vez él podría socorrerme. ¡Qué tontería! ¡Como si un muerto fuera a escucharme! ¡Estoy tan confundido! Pero luego volví a la realidad. A mi única realidad.
No veía la hora de dejar la vida. Igualmente no faltaba tanto. Me costaba respirar. Ya no me esforzaba por inhalar a través de la rendija. Para qué seguir extendiendo mi existencia vanamente.
Traje a la memoria los momentos felices de mi vida. Pero me fue inútil. Pensaba en mi familia y sentía bronca. Cómo pudieron equivocarse tanto. Cómo no se dieron cuenta de que no había muerto. Hace cuánto había estado allí dormido.
Nunca había creído en Dios. Siempre le había sido indiferente. Habría sido absurdo y oportunista pedirle que tuviera piedad de mí en ese momento. Yo siempre había sido una persona muy justa y quería morir como tal.
Mi cara estaba cubierta con una especia de pasta. También tenía puesto un vestido de tela suave que rozaba mi piel. Me aferraba a ella e imaginaba que eran las manos de Alicia acariciándome. Protegiéndome. Pobrecita. Cómo estaría el amor de mi vida. Espero que pueda ser feliz sin mí.
Ya era desesperanza. Me invadían pensamientos absurdos. Algo extraño me ocurría. Veía rayas de colores. Luego se convertían en órbitas que iban desapareciendo instantáneamente. Un frío áspero recorría mi espalda. De repente se me cruzó el rostro de mi madre. Luego el de mi abuelo que, si mal no recordaba, estaba en el ataúd de arriba.
Me había quedado exánime. Mi corazón se detenía. Mantos de oscuridad cubrían las imágenes que mi mente engendraba. Imaginé el cielo. Un cielo que se cubrió con el último y lóbrego manto. En ese momento me apagué.

Hiroshima y yo

Era un cálida mañana de Agosto. Me había despertado temprano para estudiar lengua. En un par de horas debía ir al colegio a rendir. Pasé por el cuarto de mis padres y los observé descansando plácidamente. Luego bajé al sótano para buscar algunos diccionarios. Allí, atiné a mirar el reloj. Eran las 8:13 hs. En una hora debía salir para el colegio.
Subí a una escalera para alcanzar el estante donde estaba el libro. Cuando llegué a él, ocurrió. Todo pasó muy rápido. Sentí un continuo ruido ensordecedor. Las luces se apagaron. Oí gritos. De pronto una mano agarró mi pierna. En ese momento comenzó a correrme un frío intenso. Quedé paralizada, desconcertada. Luego la mano me soltó. Bajé de la escalera temblando. No podía ver nada. Comencé a palpar el suelo. Alguien había caído. Me encontré con un cuerpo. Era el de mi padre. Estaba hirviendo. Parecía muerto. Comencé a agitarme y, desesperada, intenté zamarrearlo para que reaccionara. No respondía. Su sombría figura era apenas visible en la oscuridad. Lo veía inmóvil. De pronto su mano agarró mi cara. Me estremecí. Me dijo: “no subas”. Y de un momento a otro… murió.
Quedé desmayada por varias horas. Mi cabeza no alcanzaba a procesar la situación. Luego desperté. Un calor extraño envolvía el ambiente. Era insoportable. Abusivo. Mi cuerpo se había dilatado. Me pregunté qué habría ocurrido. La desesperación me superó. No podía quedarme quieta. Subí.
Al llegar al comedor de mi hogar no lo podía entender. Cuando vi la situación sentí un dolor inmenso en el pecho. Mi madre estaba muerta y mi hermanito lloraba en sus brazos. Ambos pelados. No podía entenderlo. Mamá estaba deformada. Parte del vestido oscuro que llevaba puesto se hallaba en el suelo hecho pedazos. Mi hermanito sufría.
Comencé a llorar desesperada. Me tiré al suelo y empecé a balancearme sobre mí misma. Trataba de hablar pero las palabras no me salían. Trataba de moverme, pero temblaba de tal manera que había perdido el control de mis extremidades. Esperé el paso de unos minutos para que mi cuerpo se aquietara, para que mi mente procesara al menos algo de lo que estaba sucediendo. Pero me costaba reaccionar.
Igualmente no me dejé vencer por mi mente. Tomé al nene en brazos y salí de mi casa en busca de ayuda.
Apenas atravesé la puerta de calle, el calor intenso me impidió respirar. El cielo estaba envuelto por una tétrica nube. Muchos edificios ardían en llamas. Como si una cruel ráfaga de ardor hubiese arrasado con todo. Corrí con el pequeño en brazos. Quería llegar al hospital. Nunca había tenido tanto valor, tanta fuerza. Atravesaba cadáveres, gente paralizada y personas pidiendo auxilio. Parecía el fin de la humanidad.
De repente alguien me tomo del brazo. Era un rostro bestial. Pero no era una víctima más. Parecía ser una criatura extraña. Un espectro con cierta forma humana. Tenía el cabello rubio y sus rasgos no eran orientales. Tampoco sus ojos expresaban sufrimiento. Su mirada era clara y perversa. Me transmitía inseguridad. Maldad. De pronto me dijo: “ahora sus almas”. Entonces huí al instante, otra vez al escenario tétrico, a la nada. Comencé a pensar que en ese momento debía estar en el colegio nerviosa, rindiendo mi examen de lengua. Espiando la hoja de Sinshy, mi compañera de banco. Pero estaba allí, en medio del desconsuelo, rodeada de fuego, muerte y desolación. Estaba en un plano de sentimientos por sobre los que una persona como yo podía resistir. Ya no sabía en quién me había convertido.
Miré hacia el cielo y de pronto… ¡No lo podía creer! Lo vi entre las tenebrosas nubes. Era aquel espectro nuevamente. Se lo reconocía inmerso en el cielo. Mirándome desde aquella misteriosa lejanía inconcreta. Quería acabar con nosotros sea como fuera. Lo pude percibir. Me pregunté si había sido él quien ocasionó todo.
Luego bajé la mirada y vi nuevamente el descolorido rostro de mi hermano. Eso fue suficiente para superar cualquier otro temor. Se me ocurrió ir a mi colegio en busca de ayuda. Entré y llegué al patio. La inmensidad de aquel solitario sitio me abrumó. ¡Pensar que a esa hora debería estar lleno de chicos correteando, con sus carrillos colorados y su fina mirada a la espera de un futuro lleno de emprendimientos!
En el colegio no había luz. Pero al menos me encontraba a salvo de la desolación de las calles. Me dirigí a la sala médica que se encontraba en el piso de arriba. Llamé al ascensor y subí. Por suerte funcionaba y tenía una pequeña luz. Pero apenas presioné el botón ésta se apagó de repente. No podíamos salir. La alarma comenzó a sonar. Nadie la habría escuchado.
En ese momento se apareció. Frente a nosotros. Dentro de aquel pequeño lugar. Su mirada penetrante me persuadía. Solo dos circunferencias brillantes y siniestras mirándonos con la oportunidad de hacernos lo que deseaban. A centímetros de nosotros. Con el poder de manejar nuestro destino. Con el poder de dejarnos vivir o no. Pero con ganas de liquidarnos. Estaba por hacerlo. Me sentía rara. El calor aumentó. Mi ropa comenzó a disolverse. Preferí no ver. Cerré los ojos y abracé más a mi hermano. Con la voz temblorosa y llena de espanto le pregunte su nombre. Me respondió “Enola Gay”.



Enola Gay: Avión bombardero del cual se desprendió la bomba que cayó en Hiroshima el 6 de Agosto de 1945 a las 8:14hs.

Reproche

Te abrazaba una esperanza de sueños alcanzables. De una vida alegre, implacable. Suaves princesas, madres vitales, padres endiosados, parientes amigables. En todos ellos me inspiraba para confiar en un mañana.
Duro fue encontrarme con sus frías realidades. Eterna amiga, por qué huiste, cuándo lo hiciste. Si ambas nos amábamos. Teníamos muñecas dotadas de pureza, medias con puntillas y aquel carrito que me paseaba por un mundo incógnito, por una ilusión florecida. Necesito de tu amparo, de tu manto de alegría. Requiero de tu cuidado, de tu sana algarabía. ¡Qué mundo pequeño, era aquel que yo vivía! Mis anhelos eran simples caramelos y caricias. Gritos, llantos, muecas, risas. O un juego con el tío, quien daba luz a mi vida.
Gobernar mis obras, crear elegancias. Ser cantante, actriz. Todo porvenir valía cuando yacías en mí.
Pero llegó el tiempo en que partiste y contigo las fantasías, los descansos y la inmortalidad, se evaporaron por la seca vía de la adultez. Mucha gente ahora es recuerdo. Se marcharon de mi vida. De la vida.
Qué es madurar sino sufrir. Qué es crecer sino enterarse del imperio de la maldad. De las trabas al porvenir. Del tiempo breve que no sabe reunir todo lo que tú me has prometido. Aquellos anhelos murieron. Pocos fueron redimidos.Y tú, ensordecida, ya no escuchas mis preguntas: Qué ha pasado con mi carro, con mis medias de puntillas. Con la actriz, con la cantante, con las muecas y las risas. Te las has robado infame. Has jugado con mi niña. Tramposa y fugaz infancia, te quedaste con mi vida

Con que vuelvas me basta

Decidida a contemplarla me incorporé en mi cama. Observaba por la ventana su alrededor. Yacía en medio de la nada, guardiana de los astros, solitaria, blanca, pura, inmaculada. Su alma de madre gobernaba el cielo. Desde aquel entonces me convertí en su amiga y la admiré hasta la alborada.
Llegó la mañana sofocante. Agrios rayos me golpeaban. Solo esperé que oscureciera para poder vislumbrarla.
Pero algo malo ocurría, herida la encontré. Y en llanto desahogué mi incesante amargura. Una mártir figura ante mis ojos hallé. No entendí el por qué. Tan solo esperé el mañana. Pero Enigma seguía angustiando mi alma. Su fina forma ya era una imagen desanimada. “¿Por qué agoniza?” me preguntaba.
Hasta que entendí la causa y se estremeció mi alma ¡Pobre madre defraudada! Ella cuida al firmamento y de ella nadie se encarga. Y día a día se agraviaba. Soledad la corroía y de a pasos se moría.
Si hubiese sabido que una niña en desvarío, no hace más que obsesionarse por su forma y su semblante. Que hace más de cinco días que no duerme por las noches, que la llama, que le implora, que le ruega que la escuche. Tal vez se complacería en tener una amiga. Tal vez su tristeza hoy sería alegría.
Yo lamentaba, con desconsuelo, las partes que perdía. Tan blancas como la nieve, tan puras y corrompidas. Pero al fin llegó el momento en que a través de mi ventana, no vi más que un triste cielo con huérfanos luminares llorando su ausencia. Su virgen figura. Su tierna mirada.
Y yo aquí sentada, desde mi ventana, solo espero el reencuentro con mi amiga amada, que aunque mil veces huya, con que mil veces vuelva me basta.

Cielo y Marea

Pensá en el verano tibio, con sus formas redondas, con el cielo en tus manos y un racimo de estrellas. Quizá mañana lo encuentres perturbando tu mente, inhalando señales de fatiga y muerte. Quizá mañana se vaya tan rápido y suave, que no lo percibas, no lo sientas. Disfrutalo, amor, él te acaricia el dorso como a vos te gusta. Vamos, despertáte. Las pesadillas no deben ser eternas.
Y mirá la oleada, cínica, intrépida, audaz, hermosa. Es como vos cuando te conocí ¿Recordás lo que me hiciste? Te buscaba y te resistías, luego te acercabas, me estremecías con tu femenil baile, me envolvías en tus brazos finos, y cuando quería besarte desaparecías una y otra vez, con esa mirada astuta, vivaz, profunda, sensual. Vos, mi marea; yo, tu cielo. Así viviremos unidos por siempre, en un horizonte, en un infinito celeste.
Una suave y corta melena bordea tu diminuta cabeza y deja ver tu fisonomía, tus tiernos rasgos. Tu boca, tu nariz, tus ojos, muestran al mundo el secreto más profundo que la armonía oculta. Nada puede con ellos. Nada se les parece. Ni el ruido del océano ni el giro de la lechuza ni el canto del jilguero o el andar de un puma, logran la perfección de tu asombrosa figura.
Pues hilaremos la vida entre pesares y angustias, entre logros y júbilo, entre suspiros y sonrisas, como hasta ahora lo hicimos, sinceros, cotidianos y por siempre juntos. Vos sabés mantenerme; yo sé compensarte. Ambos nos consentimos, ligados, de la manera más grata para pasar los días. Cada noche, encontrándonos en un mismo lecho. Yo, tomando tu mano; vos, llevando tu pulgar hacia el mío.
Así como el mar vuelve, vos también lo harás una y otra vez, y no me dejarás. Si siempre me enseñaste a confiar en tu ser ¿Por qué no habría de hacerlo en este momento? Pues en ello descanso. Sé que pronto vas a abrir tus encantos, a extender tus brazos y a envolverme nuevamente como en el primer momento.
¡Bestia despiadada! ¡Desgracia ajena! Aquella que se empeña en arruinar lo más maravilloso que el hombre puede dar: el afecto, la alianza de vidas. Se infiltró en mi dama con sus garras salvajes. Estrujó su vientre, consumió sus órganos, impidió que lleve en su seno una esencia. Malogró los años en que alegre brillaba y ahora me castiga con su vana ausencia. En soledad, no valgo ni siquiera una sombra.
Tus manos se enfrían, tu cuerpo se esconde; la vida lo busca, pero él no responde. Y gime el silencio y llora la existencia. Y el mundo se derrite ante mí. Un viento frío empieza a correr en medio de la oscura playa. Tu cabello se mueve en el mismo compás. Tus ojos permanecen inmóviles, y de tu boca no escucho más que el ruido del mar. Tus manos se mimetizan con la fría arena. Las tomo, pero tu pulgar ya no se une al mío. Mi esperanza se duerme. Ya es en vano confiar en un ser que no existe.
Las nubes taparon las lumbres del cielo y truenos siniestros manejan mi cuerpo. Me tiembla la vida. Me invaden impulsos, delirios y sueños ¡Levanto mi vista, y ya no hay consuelo! Las tinieblas muestran un horizonte funesto. Ya casi indistinguible. Ya casi no lo veo. Vamos, amor mío, vamos a adornarlo con dos plácidas almas. Vamos a recomponer aquella unión perdida.
Tomo tu cuerpo, quito las ropas, baño de lágrimas tu manso vientre. Luego alzo todo tu ser, y con tus brazos finos rodeo mi cuerpo como la primera vez. Hiela mi sangre, llora mi alma; paso a paso, cruje la arena. Las aguas me esperan con la oleada impaciente para consagrar dos hijos enviados a tierra. Ambos desnudos, ambos unidos, rumbo al seno de nuestra esencia. Pronto, en un mismo estado, seremos lo más puro. Cielo y Marea.