Los frascos de la tía Tania
Lo maravilloso de la literatura es aquella sucesión de imágenes que genera en nuestra mente. Imágenes que nacen y adquieren consistencia, a partir de ciertas condiciones que los renglones preestablecen. Pero el toque final, el magnífico y más importante, se lo damos nosotros. Cada uno, de acuerdo a nuestra historia, a nuestras fantasías, a nuestros deseos y a nuestro mundo interior.
Esas visiones nos generan múltiples sentimientos. Algunos muy agradables y placenteros. Otros conmovedores y aventureros. Y otros, sencillamente, repugnantes…
Mis únicas dos diversiones de la casa de Belgrano eran mi muñeca Rebeca y mi tía Tania. Con Rebeca pasaba todas mis horas. Solo me separaba de ella en las noches. La colgaba en la pared y la miraba hasta dormirme. Su cabeza era inmensa. Redonda y pelada como la de un bebé. Pero sus facciones eran las de una mujer adulta. Si. La verdad no era atractiva. Pero yo la adoraba. Y aquel contraste entre su cuerpo aniñado y su cara era lo que más me llamaba la atención. Por eso la miraba fijamente hasta dormirme. Casi me olvidaba de pestañar. De alguna manera creo que trataba de corregir su fisonomía con mis ojos. Ella era mi hija y yo tenía que aceptarla tal cual era.
Mi segunda diversión, la tía Tania, vivía en la casa del fondo. Su hogar estaba separado del mío por voluntad de mi difunta abuela. Jamás supe el motivo y tampoco pregunté mucho. Solo me limitaba a ir y disfrutar de su compañía
¡Era tan inquietante su presencia! Realmente la quería. Siempre me recibía con ensalada de frutas. Las más exquisitas que probé. Recuerdo la bienvenida de todos los días. Abría la puerta y cuando veía que era yo se quedaba inmóvil. Me miraba cuatro segundos fijamente, sonreía profundamente, y me decía “pasá”. Luego nos sentábamos en la mesa redonda cubierta por un mantel con pinos dibujados. Unos pinos que, a la luz del pequeño rayo solar que pegaba en la mitad de la mesa, se veían verdes. Pero, en la sombra que producía el resto de la oscura casa, se veían grises. Yo los observaba en los momentos en que me sentía inhibida por ella. Es que siempre estaba en frente mío sin decir una palabra, en medio de la lúgubre casa, observándome mientras comía mi ensalada. Y eso me asustaba. Su mirada era tan penetrante y detenida que parecía atravesarme. Sus ojos se posaban en mí pero no me miraban del todo. Parecían perdidos, inmersos en un mundo paralelo. Por momentos su figura me recordaba a la de mi abuela en el velatorio. Inmóvil y con los ojos abiertos. Así es. Tania llevaba esa misma expresión cuando estaba frente a mí. Pero inmediatamente, cuando presentía mi temor, no vacilaba en dedicarme una sonrisa tranquilizadora.
Luego de la hora de silencio, cuando ya finalizaba mi ensalada, expectante me decía la segunda y última frase del día “¿Cómo estuvo hoy?”; y yo le contestaba cada tarde algo diferente: “exquisita”, “extraordinaria”, “magnífica”. Recuerdo que me aprendía una palabra distinta cada día para luego ir y dedicársela a ella. Seguido de eso me levantaba, besaba su mejilla y volvía a mi casa. Todo sin pronunciar más palabras.
Ese era nuestro juego. Así nos comunicábamos. Ese momento de nada y todo a la vez era apasionante. Poder saborear cada fruta con el placer y la adrenalina de tener un cuerpo petrificado en frente mío, invadiéndome de una manera tan particular, le daba al encuentro un tinte fascinante. Eran tardes inmersas en el silencio. Tardes repletas de incógnitas.
A mi mamá no le gustaba mucho que fuera a lo de la tía. Es por eso que me dejaba ir sólo por una hora. Y ella se acercaba a su casa solo una o dos veces al mes para hablar de algunos pagos de boletas que tenían en común ambas. Pero más relación que esa no existía. Quizá alguna que otra vez mi padre le llevaba un pedazo de la torta de naranja que cocinaba, como para no perder relación. Pero, repito. Aquel distanciamiento entre mis padres y Tania nunca me había preocupado mucho. Ya estaba acostumbrada a la situación, hasta aquel día. Un día en que mi mamá me hizo una extraña pregunta.
Ese día mi madre había regresado de hacer las compras. Yo estaba bañando a Rebeca que ya estaba muy sucia. En ese momento ella entró al baño, me saludó y me lo preguntó con una expresión de sospecha y preocupación severa, como queriendo sacar afuera algo que tenía guardado desde hace tiempo: “Priscila… ¿La tía nunca te mostró lo que tenía dentro de su armario, no?”. Yo, sin entender a qué venía tal pregunta, le respondí: “No, jamás ¿Por qué? ¿Qué tiene adentro?”. Ella cambió repentinamente la expresión y sus músculos faciales se aflojaron completamente. Luego de eso fingió una risa y dijo: “¡Ah! ¡Nada curiosidad! Igualmente ya recordé que sólo guarda papeles importantes adentro. Gracias hija.” Luego de eso se fue de inmediato.
¡Si supiera mi madre cuánto la conocía! No puedo creer que haya pensado que me quedaría tranquila luego de una actuación tan inverosímil. La duda me había quedado completamente arraigada en el pecho aquel día. No veía la hora en que se hicieran las 5 de la tarde para ir a comer mi ensalada de frutas y ver aquel armario. Mientras tanto terminé de secar a Rebequita y la fui a vestir.
Cuando llegó el glorioso horario, apuré mis flacas y alargadas piernas para poder llegar al otro lado del patio. Golpeé la puerta de la tía y traté de controlarme. Luego del ritual diario de bienvenida, cuando ya estaba en la mitad de mi ensalada, con los ojos de ella posados en mí, decidí inspeccionar cautelosamente el armario desde mi asiento. Pero como Tania no dejaba de mirarme, mis ojos podían desviar la mirada hacia el mueble solo esporádicamente. Primero recorrían toda la casa para después poder llegar al armario, aparentando ser uno más de todos los detalles que miraba en mi inspección general. Pero no quería llamar su atención. No quería incitarla a que me hablara y me dijera algo diferente a lo de todos los días, más allá de sus dos frases. Porque de ser así, romperíamos el juego.
Las pocas y entrecortadas cosas que podía observar, a pesar de la oscuridad del ambiente, realmente me llamaron la atención. Aquel armario resplandecía en medio de la casa. Estaba impecablemente limpio y pintado, a diferencia del resto de los muebles. Tenía manijas de madera con surcos tallados en forma de rombos sobresalientes con distintos tamaños. Sus bordes, parecían ser de oro por su brillo y pureza, y cada puerta tenía dos vidrios arqueados que, al ser opacos, no me permitían ver con exactitud lo que había adentro. Tan solo podía percibir un leve destello brillante que venía del interior del mueble, como la tapa de algo. Pero lo que había en el techo fue lo que más llamó mi atención. Eran dos estatuas apoyadas, realmente impresionantes. Nunca me había detenido a mirarlas antes. El parecido que tenían con mi muñeca Rebeca era muy llamativo. Se trataba de dos cuerpos diminutos y sin forma madura, cuyas cabezas eran más grandes que el resto del cuerpo y cuyos rostros eran completamente adultos. Ambas eran de mármol, estaban opuestas entre sí, y se encontraban en una pose embrionaria. Eran muy extrañas. Me habían impactado mucho. Esas criaturas transmitían abandono y dolor. Me costó demasiado poder sacármelas de la cabeza. Y eso me encantaba.
Luego pronuncié mi palabra amable acerca de la ensalada de frutas y me fui a casa. No había podido develar el secreto del armario. Lo único que conseguí aquel día fue irme con gran impresión a causa de esas estatuas. Así fue como, por causa de ello, pasé toda la noche sin siquiera agarrar a Rebeca por el parecido que tenía con aquellos adornos. Igualmente, a la mañana siguiente, se me pasó la impresión y la fui a buscar para vestirla más linda que nunca. Porque hoy iba a llevarla a lo de mi amiga Trinidad, que vivía en la casa de al lado. Ella también tenía una hijita y ambas tomábamos el té juntas mientras las cuidábamos. Pero, a pesar de que ir a su casa me fascinaba, la verdad no estaba muy alegre por el motivo que me hacía ir allí y no a lo de mi tía. Lo que ocurría era que Tania, desde hace años, me tenía prohibida la entrada a su casa todos los 15 de Octubre. Y si. Una más de las tantas cosas a las cuales debía acostumbrarme sin comprender la causa. Pero esa vez no iba a quedarme con la intriga. Ya estaba harta de los misterios y ocultamientos.
Trinidad me recibió muy cariñosamente. Siempre se quedaba abrazándome como dos minutos seguidos. A veces me parecía un poco pegajosa, pero no por eso dejaba de quererla y de entender que ella estaba acostumbrada a demostrar mucho el afecto. En cambio, yo estaba acostumbrada al desapego total. No solo por parte de Tania, quien no tocaba cuerpo ajeno por propia iniciativa, sino también por parte de mi madre, que pocas veces me daba un abrazo o un beso y, aunque no me lo hacía notar, yo sabía que siempre prefería tenerme jugando en lo de alguna amiguita o en el colegio. Parecía un típico rasgo de su familia. Ninguna de las dos hermanas era demostrativa. Pero Tania me quería. Y mi madre no mucho. Solo mi padre demostraba el cariño, pero a él lo veía muy poco en el día.
Trinidad me llevó a su cuarto y me mostró la nueva muñeca que se había comprado. Tenía el pelo dorado y ojos brillantes. Era demasiado perfecta. No me transmitía nada. Yo le pregunté en dónde estaba la anterior y ella me la señaló ¡No lo podía creer! Estaba tirada bajo su cama completamente sucia y desnudita, su vestido lo tenía puesto la muñeca nueva. Inmediatamente pensé en la actitud desalmada que había tenido al reemplazar así a una hija por otra, abandonándola de esa forma. Me había amargado mucho. Ya no quería jugar con ella. De qué me serviría intercambiar consejos de maternidad con alguien que cambia a sus hijos. Quería volver a casa. Quería ver a Tania y preguntarle porqué no podía estar con ella aquel día.
Enseguida recordé algo fascinante. La claraboya del baño de la casa de Trinidad daba claramente al comedor de Tania ¡Qué oportuno! No quedaba más que pedir de ir allí para poder espiar lo que estaba haciendo la tía. Y así fue. Le pedí a Trinidad que me esperara porque me iría a lavar las manos para tomar el té. Una vez encerrada en el baño, corrí la cortina de la bañadera y allí estaba. A lo alto de la misma se encontraba la claraboya, favorablemente más grande de lo que la recordaba, pero atravesada por vidrios en hilera que dejaban solo unos tres centímetros de espacio entre uno y otro. Iba a ser complicado mirar a través de ella. Pero más complicado aún sería pisar la jabonera de cerámica para poder alcanzarla, se encontraba casi pegada al techo.
Estaba a punto de treparme, pero me detuvo algo extraño. De la claraboya salía una melodía. Un canto. Supuse que era la voz de mi tía pero no estaba segura porque nunca antes la había escuchado cantar. Igualmente no había otra opción, la única que vivía en la casa de al lado era ella. No entendía con claridad de qué melodía se trataba hasta que logre acercarme aun más al objetivo. Cada momento el sonido se hacía más claro. Mi tía estaba cantando el “Cumpleaños feliz” “¡Qué extraño! ¡Si ella vive sola! ¿Se lo estaría cantando a si misma?” Pensé. Pero no, Tania cumplía en Enero. También deduje que podría habérselo estado cantando a una amiga, pero nunca le había conocido alguna. Ya faltaba poco para acercarme del todo al punto de visión ¡Estaba tan intrigada! Su voz era áspera y grave pero muy entonada
¡Al fin llegué! Y allí estaba, tal cual lo suponía. Mi tía estaba rondando por la casa, como en busca de algo, mientras entonaba la canción. En un principio supuse que lo hacía sin sentido, como quien canta cualquier cosa en la bañera. Pero luego su actitud me empezó a extrañar. Sus gestos no transmitían dispersión. Su canto estaba dedicado a alguien o a algo. Algo que parecía estar buscando ¡Qué insólito! Nunca la había visto así. Comencé sentirme incómoda y entrometida. Presentía que estaba violando algo muy íntimo. Tenía algo de vergüenza. Pero no podía dejar de mirar. Ella seguía caminando por toda la casa. Ahora parecía no tener rumbo fijo. Sus piernas casi esqueléticas se movían rápidamente. Y por momentos cerraba sus ojos. También era llamativa su vestimenta. Tenía un traje de fiesta azul cubriendo su angosto y arrugado cuerpo y unos tacones inmensos que hacían a sus piernas más flacas y largas de lo habitual. Por otra parte, su pelo blanco, cortado a la altura de las orejas, estaba cubierto por una boina negra que dejaba caer un tul del mismo color hasta el comienzo de su largo cuello. Me preguntaba por qué tendría aquel tul de luto puesto.
La casa estaba oscura como de costumbre. Solo un pequeño rayo solar, por momentos, le alumbraba a Tania la mitad de la cara. Y, descontrolada, seguía cantando y bailando al mismo compás. Comencé sentir miedo ¡Qué fascinante! Su penetrante mirada, aquel día estaba más perdida que nunca. Luego empezó a reír con la boca temblorosa. Sus pómulos arrugados subían y bajaban con cada gesto. Por momentos levantaba sus cejas y exclamaba un grito de placer. ¡Por Dios! pensaba ¿Esa era mi tía?
No entendía a qué quería llegar, hasta que se posó frente a él, al inmenso armario. Comenzó a acariciarlo lentamente y a recorrerlo con sus avejentadas manos. Parecía disfrutar la textura de la madera al máximo. Pero lo más impactante fue verla pasar su porosa y enrojecida lengua por el mueble. Actuaba sin sentido. Nunca imaginé que el 15 de Octubre envolvería un momento así. Un cuerpo viejo, algo encorvado y arrugado, vestido de gala y de luto, recorriendo su casa en medio de la oscuridad, lamiendo sus muebles, cantando el “cumpleaños feliz” ¡No podía ser Tania! ¡No la misma que me recibía todos los días con tanta amabilidad! Pero si podía ser la misma Tania que también me recibía con tanto misterio.
Inmediatamente se acercó a las dos estatuas opuestas que me habían dejado impresionada el día anterior. Aquellas que estaban sobre el mueble. Las tomó con ambas manos y comenzó a acunarlas. Yo me detuve en ellas, por algo me habían causado tanta extrañeza, parecían ser la representación misma de las dos personas que vivían en mi tía. En aquel momento experimenté la misma sensación de incertidumbre, cien veces potenciada, que me producía su mirada impactante, cada tarde, cuando estábamos sentadas en la mesa. Luego de abrazar y lamer, también, a las deformes estatuas con forma embrionaria, se posó derecha frente a la puerta del armario, dispuesta a abrirlo. Pero no proseguía a hacerlo sino que, sin dejar de cantar cada vez con mayor intensidad y en plural: “que los cumplan feliz, que los cumplan feliz…”, parecía meditar acerca de lo que estaba por hacer ¡Sentí que aquella sería la culminación de tantos secretos! Sentí que ese acto revelaría la apasionante incógnita que había movido gran parte de mi admiración por la tía. Recordé la pregunta de mi madre y sentí algo de miedo. Su preocupación significaba algo. Yo no debía verlo
La tía no paraba de cantar y balbucear con la boca. Movía la cabeza hacia ambos lados como formando un ocho y revoleaba sus ojos hacia arriba y hacia abajo. También hacía mímicas con sus manos, probando distintas maneras de abrir el armario. Parecía querer hacerlo de la manera más perfecta, como si dentro del mismo se encontrara algo sagrado. Pero no concretaba el movimiento. Todo su cuerpo buscaba la postura más apropiada para hacerlo. Se agachaba, se paraba, todo lo hacía en forma de danza, como si fuera un ritual.
De repente sentí la voz de Trinidad preguntándome si estaba bien ¡Me exalté! Y con miedo a que Tania escuchara algo desde su casa, agaché mi cabeza por debajo de la claraboya y le contesté que me esperara porque estaba descompuesta.
De pronto el canto cesó. Cuando volví mis ojos a la casa, mi tía ya lo había resuelto. El armario estaba abierto. Y ella, en completo silencio y con la mirada triste, comenzó a sacarlos. Primero a uno y después a otro. Eran dos frascos bastante grandes con una brillante tapa de plata, que resplandecía más a la luz del pequeño rayo solar que les pegaba justo en la posición en la cual Tania los había colocado. Y en el interior de cada uno de ellos había dos materias completamente iguales entre sí. No alcancé a comprender con exactitud lo que eran en sí mismas. En ese momento de mi vida, eran completamente extrañas para mí. Tania los apoyó en la mesa y se fue hacia la cocina por un momento. Momento que me sirvió para mirar con detalle en sus interiores e ir descifrando el misterio.
Había dos materias, una en cada frasco, parecían estar durmiendo, plácidamente, sumergidas en un líquido el cual las mantenía algo rígidas. Pero, al verlas bien, noté algo siniestro. Tenían cierto parecido con mi muñeca Rebeca, es decir, con un cuerpo humano. Y también me recordaban a los adornos de arriba del mueble. Las que parecían ser las cabezas, más grandes que el resto del cuerpo, algo ovaladas, no tenían cara. Y, seguido de un torso redondo, salían cuatro extremidades demasiado finas. También, tenían aquella expresión de abandono y sufrimiento que yo siempre intentaba cambiar en mi muñequita. Aquellas mismas expresiones de los seres del adorno. Un gesto de desdicha, de muerte, de carencia de algo, algo vital, de querer expandirse y crecer y no poder hacerlo, no poder desarrollarse. No poder vivir.
Se acercaba nuevamente la voz de Tania cantando el ”Cumpleaños Feliz”. Caminaba pisando dos veces en un mismo paso con cada taco. Los miraba fijamente, sonriéndoles con la cabeza inclinada y los ojos casi a punto de estallar. Reía y temblaba. Se acercaba cada vez más. En sus manos llevaba dos tortas, cada una con diecisiete velitas. Yo comenzaba a comprenderlo todo. Colocó los frascos en el centro exacto de la mesa redonda, y una torta en frente de cada uno ¡Parecía estallar de alegría! Parecía haber estado guardando todas sus palabras durante el año, solamente para aquel día. Allí el canto aumentó nuevamente su ritmo e intensidad. Un ser viejo y arrugado dando palmadas y festejándole el cumpleaños a dos seres enfrascados. Acercándoseles, besando cada frasco con intensidad ¿Serían sus hijos?
¡Dios mío! ¡Cuántas sorpresas me daba la tía! ¡Esto era magnífico! Allí no molestaban ¡Qué buena idea! Mantenerlos en aquel frasco por siempre. En ese momento estaban cumpliendo unos 17 años. Si. Los estaban cumpliendo. Claro que sin haber podido desarrollarse. Si lo hubiesen hecho, en aquel instante estarían sentados junto a su madre, quizá planeando su viaje de egresados, sus futuras carreras, sonriendo junto a ella, hablando de sus amigos y parejas. Pero, también, faltándole el respeto, estorbándola, haciéndole cumplir gastos para sus diversas trivialidades sin aceptar los pedidos de colaboración de la misma en cuanto al orden del hogar, es más, habiéndole hecho agrandar su casa o mudarse para que tuvieran sus cuartos. O habiéndole hecho pagar sus colegios, sus estudios universitarios, sus ropas, la comida, los juguetes cuando eran niños. Consumiéndola en todo sentido, esclavizándola, como mi madre me decía a veces ¡Tanto se ahorró! De esa manera podía amarlos sin necesidad de trabajar tanto por ellos. También podía tenerlos conservando sus formas más tiernas. Eternizando sus cuerpos de bebés. Aquellos de los que tanto le cuesta desprenderse a una madre al ver a sus hijos madurar. Manteniéndolos protegidos de cualquier peligro exterior. Y… aunque por dentro estaban vacíos… ¿Cuál era el problema? ¿Acaso dejaban de ser ellos? ¿Quién decide cuándo un ser pierde su identidad? A lo sumo estarían a medias, sus almas por un lado y sus cuerpos por el otro. Pero ¡Qué importaba! Estaban en silencio, se dejaban amar. La tía estaba feliz dedicándoles el día y pudiendo contemplar, en ese momento sin emitir sonido, sus amorosas imágenes, allí, serenas, inmersas en aquel líquido, algo borrosas, con expresión de ternura y tristeza, como antes mencioné. Alguna tristeza que les había quedado a ambos sellada aquel día en el que fueron quitados de algún seno a destiempo. Alguna tristeza que había quedado para siempre marcada en sus rostros aquel día en que perdieron la vida. Pero aquella expresión era sólo un destello de las viejas épocas. En ese instante reinaba la felicidad.
Nunca conté a nadie lo que vi aquel 15 de Octubre. Quedó guardado en mi mente como un momento más. Nunca dejé de visitar a la tía y ella jamás sospecho lo que yo había descubierto. Todo siguió igual. Excepto yo. Lo visto aquel día me enseñó como disfrutar a mis futuros hijos. Ya había comprendido la mejor forma de convivir con ellos.
Esas visiones nos generan múltiples sentimientos. Algunos muy agradables y placenteros. Otros conmovedores y aventureros. Y otros, sencillamente, repugnantes…
Mis únicas dos diversiones de la casa de Belgrano eran mi muñeca Rebeca y mi tía Tania. Con Rebeca pasaba todas mis horas. Solo me separaba de ella en las noches. La colgaba en la pared y la miraba hasta dormirme. Su cabeza era inmensa. Redonda y pelada como la de un bebé. Pero sus facciones eran las de una mujer adulta. Si. La verdad no era atractiva. Pero yo la adoraba. Y aquel contraste entre su cuerpo aniñado y su cara era lo que más me llamaba la atención. Por eso la miraba fijamente hasta dormirme. Casi me olvidaba de pestañar. De alguna manera creo que trataba de corregir su fisonomía con mis ojos. Ella era mi hija y yo tenía que aceptarla tal cual era.
Mi segunda diversión, la tía Tania, vivía en la casa del fondo. Su hogar estaba separado del mío por voluntad de mi difunta abuela. Jamás supe el motivo y tampoco pregunté mucho. Solo me limitaba a ir y disfrutar de su compañía
¡Era tan inquietante su presencia! Realmente la quería. Siempre me recibía con ensalada de frutas. Las más exquisitas que probé. Recuerdo la bienvenida de todos los días. Abría la puerta y cuando veía que era yo se quedaba inmóvil. Me miraba cuatro segundos fijamente, sonreía profundamente, y me decía “pasá”. Luego nos sentábamos en la mesa redonda cubierta por un mantel con pinos dibujados. Unos pinos que, a la luz del pequeño rayo solar que pegaba en la mitad de la mesa, se veían verdes. Pero, en la sombra que producía el resto de la oscura casa, se veían grises. Yo los observaba en los momentos en que me sentía inhibida por ella. Es que siempre estaba en frente mío sin decir una palabra, en medio de la lúgubre casa, observándome mientras comía mi ensalada. Y eso me asustaba. Su mirada era tan penetrante y detenida que parecía atravesarme. Sus ojos se posaban en mí pero no me miraban del todo. Parecían perdidos, inmersos en un mundo paralelo. Por momentos su figura me recordaba a la de mi abuela en el velatorio. Inmóvil y con los ojos abiertos. Así es. Tania llevaba esa misma expresión cuando estaba frente a mí. Pero inmediatamente, cuando presentía mi temor, no vacilaba en dedicarme una sonrisa tranquilizadora.
Luego de la hora de silencio, cuando ya finalizaba mi ensalada, expectante me decía la segunda y última frase del día “¿Cómo estuvo hoy?”; y yo le contestaba cada tarde algo diferente: “exquisita”, “extraordinaria”, “magnífica”. Recuerdo que me aprendía una palabra distinta cada día para luego ir y dedicársela a ella. Seguido de eso me levantaba, besaba su mejilla y volvía a mi casa. Todo sin pronunciar más palabras.
Ese era nuestro juego. Así nos comunicábamos. Ese momento de nada y todo a la vez era apasionante. Poder saborear cada fruta con el placer y la adrenalina de tener un cuerpo petrificado en frente mío, invadiéndome de una manera tan particular, le daba al encuentro un tinte fascinante. Eran tardes inmersas en el silencio. Tardes repletas de incógnitas.
A mi mamá no le gustaba mucho que fuera a lo de la tía. Es por eso que me dejaba ir sólo por una hora. Y ella se acercaba a su casa solo una o dos veces al mes para hablar de algunos pagos de boletas que tenían en común ambas. Pero más relación que esa no existía. Quizá alguna que otra vez mi padre le llevaba un pedazo de la torta de naranja que cocinaba, como para no perder relación. Pero, repito. Aquel distanciamiento entre mis padres y Tania nunca me había preocupado mucho. Ya estaba acostumbrada a la situación, hasta aquel día. Un día en que mi mamá me hizo una extraña pregunta.
Ese día mi madre había regresado de hacer las compras. Yo estaba bañando a Rebeca que ya estaba muy sucia. En ese momento ella entró al baño, me saludó y me lo preguntó con una expresión de sospecha y preocupación severa, como queriendo sacar afuera algo que tenía guardado desde hace tiempo: “Priscila… ¿La tía nunca te mostró lo que tenía dentro de su armario, no?”. Yo, sin entender a qué venía tal pregunta, le respondí: “No, jamás ¿Por qué? ¿Qué tiene adentro?”. Ella cambió repentinamente la expresión y sus músculos faciales se aflojaron completamente. Luego de eso fingió una risa y dijo: “¡Ah! ¡Nada curiosidad! Igualmente ya recordé que sólo guarda papeles importantes adentro. Gracias hija.” Luego de eso se fue de inmediato.
¡Si supiera mi madre cuánto la conocía! No puedo creer que haya pensado que me quedaría tranquila luego de una actuación tan inverosímil. La duda me había quedado completamente arraigada en el pecho aquel día. No veía la hora en que se hicieran las 5 de la tarde para ir a comer mi ensalada de frutas y ver aquel armario. Mientras tanto terminé de secar a Rebequita y la fui a vestir.
Cuando llegó el glorioso horario, apuré mis flacas y alargadas piernas para poder llegar al otro lado del patio. Golpeé la puerta de la tía y traté de controlarme. Luego del ritual diario de bienvenida, cuando ya estaba en la mitad de mi ensalada, con los ojos de ella posados en mí, decidí inspeccionar cautelosamente el armario desde mi asiento. Pero como Tania no dejaba de mirarme, mis ojos podían desviar la mirada hacia el mueble solo esporádicamente. Primero recorrían toda la casa para después poder llegar al armario, aparentando ser uno más de todos los detalles que miraba en mi inspección general. Pero no quería llamar su atención. No quería incitarla a que me hablara y me dijera algo diferente a lo de todos los días, más allá de sus dos frases. Porque de ser así, romperíamos el juego.
Las pocas y entrecortadas cosas que podía observar, a pesar de la oscuridad del ambiente, realmente me llamaron la atención. Aquel armario resplandecía en medio de la casa. Estaba impecablemente limpio y pintado, a diferencia del resto de los muebles. Tenía manijas de madera con surcos tallados en forma de rombos sobresalientes con distintos tamaños. Sus bordes, parecían ser de oro por su brillo y pureza, y cada puerta tenía dos vidrios arqueados que, al ser opacos, no me permitían ver con exactitud lo que había adentro. Tan solo podía percibir un leve destello brillante que venía del interior del mueble, como la tapa de algo. Pero lo que había en el techo fue lo que más llamó mi atención. Eran dos estatuas apoyadas, realmente impresionantes. Nunca me había detenido a mirarlas antes. El parecido que tenían con mi muñeca Rebeca era muy llamativo. Se trataba de dos cuerpos diminutos y sin forma madura, cuyas cabezas eran más grandes que el resto del cuerpo y cuyos rostros eran completamente adultos. Ambas eran de mármol, estaban opuestas entre sí, y se encontraban en una pose embrionaria. Eran muy extrañas. Me habían impactado mucho. Esas criaturas transmitían abandono y dolor. Me costó demasiado poder sacármelas de la cabeza. Y eso me encantaba.
Luego pronuncié mi palabra amable acerca de la ensalada de frutas y me fui a casa. No había podido develar el secreto del armario. Lo único que conseguí aquel día fue irme con gran impresión a causa de esas estatuas. Así fue como, por causa de ello, pasé toda la noche sin siquiera agarrar a Rebeca por el parecido que tenía con aquellos adornos. Igualmente, a la mañana siguiente, se me pasó la impresión y la fui a buscar para vestirla más linda que nunca. Porque hoy iba a llevarla a lo de mi amiga Trinidad, que vivía en la casa de al lado. Ella también tenía una hijita y ambas tomábamos el té juntas mientras las cuidábamos. Pero, a pesar de que ir a su casa me fascinaba, la verdad no estaba muy alegre por el motivo que me hacía ir allí y no a lo de mi tía. Lo que ocurría era que Tania, desde hace años, me tenía prohibida la entrada a su casa todos los 15 de Octubre. Y si. Una más de las tantas cosas a las cuales debía acostumbrarme sin comprender la causa. Pero esa vez no iba a quedarme con la intriga. Ya estaba harta de los misterios y ocultamientos.
Trinidad me recibió muy cariñosamente. Siempre se quedaba abrazándome como dos minutos seguidos. A veces me parecía un poco pegajosa, pero no por eso dejaba de quererla y de entender que ella estaba acostumbrada a demostrar mucho el afecto. En cambio, yo estaba acostumbrada al desapego total. No solo por parte de Tania, quien no tocaba cuerpo ajeno por propia iniciativa, sino también por parte de mi madre, que pocas veces me daba un abrazo o un beso y, aunque no me lo hacía notar, yo sabía que siempre prefería tenerme jugando en lo de alguna amiguita o en el colegio. Parecía un típico rasgo de su familia. Ninguna de las dos hermanas era demostrativa. Pero Tania me quería. Y mi madre no mucho. Solo mi padre demostraba el cariño, pero a él lo veía muy poco en el día.
Trinidad me llevó a su cuarto y me mostró la nueva muñeca que se había comprado. Tenía el pelo dorado y ojos brillantes. Era demasiado perfecta. No me transmitía nada. Yo le pregunté en dónde estaba la anterior y ella me la señaló ¡No lo podía creer! Estaba tirada bajo su cama completamente sucia y desnudita, su vestido lo tenía puesto la muñeca nueva. Inmediatamente pensé en la actitud desalmada que había tenido al reemplazar así a una hija por otra, abandonándola de esa forma. Me había amargado mucho. Ya no quería jugar con ella. De qué me serviría intercambiar consejos de maternidad con alguien que cambia a sus hijos. Quería volver a casa. Quería ver a Tania y preguntarle porqué no podía estar con ella aquel día.
Enseguida recordé algo fascinante. La claraboya del baño de la casa de Trinidad daba claramente al comedor de Tania ¡Qué oportuno! No quedaba más que pedir de ir allí para poder espiar lo que estaba haciendo la tía. Y así fue. Le pedí a Trinidad que me esperara porque me iría a lavar las manos para tomar el té. Una vez encerrada en el baño, corrí la cortina de la bañadera y allí estaba. A lo alto de la misma se encontraba la claraboya, favorablemente más grande de lo que la recordaba, pero atravesada por vidrios en hilera que dejaban solo unos tres centímetros de espacio entre uno y otro. Iba a ser complicado mirar a través de ella. Pero más complicado aún sería pisar la jabonera de cerámica para poder alcanzarla, se encontraba casi pegada al techo.
Estaba a punto de treparme, pero me detuvo algo extraño. De la claraboya salía una melodía. Un canto. Supuse que era la voz de mi tía pero no estaba segura porque nunca antes la había escuchado cantar. Igualmente no había otra opción, la única que vivía en la casa de al lado era ella. No entendía con claridad de qué melodía se trataba hasta que logre acercarme aun más al objetivo. Cada momento el sonido se hacía más claro. Mi tía estaba cantando el “Cumpleaños feliz” “¡Qué extraño! ¡Si ella vive sola! ¿Se lo estaría cantando a si misma?” Pensé. Pero no, Tania cumplía en Enero. También deduje que podría habérselo estado cantando a una amiga, pero nunca le había conocido alguna. Ya faltaba poco para acercarme del todo al punto de visión ¡Estaba tan intrigada! Su voz era áspera y grave pero muy entonada
¡Al fin llegué! Y allí estaba, tal cual lo suponía. Mi tía estaba rondando por la casa, como en busca de algo, mientras entonaba la canción. En un principio supuse que lo hacía sin sentido, como quien canta cualquier cosa en la bañera. Pero luego su actitud me empezó a extrañar. Sus gestos no transmitían dispersión. Su canto estaba dedicado a alguien o a algo. Algo que parecía estar buscando ¡Qué insólito! Nunca la había visto así. Comencé sentirme incómoda y entrometida. Presentía que estaba violando algo muy íntimo. Tenía algo de vergüenza. Pero no podía dejar de mirar. Ella seguía caminando por toda la casa. Ahora parecía no tener rumbo fijo. Sus piernas casi esqueléticas se movían rápidamente. Y por momentos cerraba sus ojos. También era llamativa su vestimenta. Tenía un traje de fiesta azul cubriendo su angosto y arrugado cuerpo y unos tacones inmensos que hacían a sus piernas más flacas y largas de lo habitual. Por otra parte, su pelo blanco, cortado a la altura de las orejas, estaba cubierto por una boina negra que dejaba caer un tul del mismo color hasta el comienzo de su largo cuello. Me preguntaba por qué tendría aquel tul de luto puesto.
La casa estaba oscura como de costumbre. Solo un pequeño rayo solar, por momentos, le alumbraba a Tania la mitad de la cara. Y, descontrolada, seguía cantando y bailando al mismo compás. Comencé sentir miedo ¡Qué fascinante! Su penetrante mirada, aquel día estaba más perdida que nunca. Luego empezó a reír con la boca temblorosa. Sus pómulos arrugados subían y bajaban con cada gesto. Por momentos levantaba sus cejas y exclamaba un grito de placer. ¡Por Dios! pensaba ¿Esa era mi tía?
No entendía a qué quería llegar, hasta que se posó frente a él, al inmenso armario. Comenzó a acariciarlo lentamente y a recorrerlo con sus avejentadas manos. Parecía disfrutar la textura de la madera al máximo. Pero lo más impactante fue verla pasar su porosa y enrojecida lengua por el mueble. Actuaba sin sentido. Nunca imaginé que el 15 de Octubre envolvería un momento así. Un cuerpo viejo, algo encorvado y arrugado, vestido de gala y de luto, recorriendo su casa en medio de la oscuridad, lamiendo sus muebles, cantando el “cumpleaños feliz” ¡No podía ser Tania! ¡No la misma que me recibía todos los días con tanta amabilidad! Pero si podía ser la misma Tania que también me recibía con tanto misterio.
Inmediatamente se acercó a las dos estatuas opuestas que me habían dejado impresionada el día anterior. Aquellas que estaban sobre el mueble. Las tomó con ambas manos y comenzó a acunarlas. Yo me detuve en ellas, por algo me habían causado tanta extrañeza, parecían ser la representación misma de las dos personas que vivían en mi tía. En aquel momento experimenté la misma sensación de incertidumbre, cien veces potenciada, que me producía su mirada impactante, cada tarde, cuando estábamos sentadas en la mesa. Luego de abrazar y lamer, también, a las deformes estatuas con forma embrionaria, se posó derecha frente a la puerta del armario, dispuesta a abrirlo. Pero no proseguía a hacerlo sino que, sin dejar de cantar cada vez con mayor intensidad y en plural: “que los cumplan feliz, que los cumplan feliz…”, parecía meditar acerca de lo que estaba por hacer ¡Sentí que aquella sería la culminación de tantos secretos! Sentí que ese acto revelaría la apasionante incógnita que había movido gran parte de mi admiración por la tía. Recordé la pregunta de mi madre y sentí algo de miedo. Su preocupación significaba algo. Yo no debía verlo
La tía no paraba de cantar y balbucear con la boca. Movía la cabeza hacia ambos lados como formando un ocho y revoleaba sus ojos hacia arriba y hacia abajo. También hacía mímicas con sus manos, probando distintas maneras de abrir el armario. Parecía querer hacerlo de la manera más perfecta, como si dentro del mismo se encontrara algo sagrado. Pero no concretaba el movimiento. Todo su cuerpo buscaba la postura más apropiada para hacerlo. Se agachaba, se paraba, todo lo hacía en forma de danza, como si fuera un ritual.
De repente sentí la voz de Trinidad preguntándome si estaba bien ¡Me exalté! Y con miedo a que Tania escuchara algo desde su casa, agaché mi cabeza por debajo de la claraboya y le contesté que me esperara porque estaba descompuesta.
De pronto el canto cesó. Cuando volví mis ojos a la casa, mi tía ya lo había resuelto. El armario estaba abierto. Y ella, en completo silencio y con la mirada triste, comenzó a sacarlos. Primero a uno y después a otro. Eran dos frascos bastante grandes con una brillante tapa de plata, que resplandecía más a la luz del pequeño rayo solar que les pegaba justo en la posición en la cual Tania los había colocado. Y en el interior de cada uno de ellos había dos materias completamente iguales entre sí. No alcancé a comprender con exactitud lo que eran en sí mismas. En ese momento de mi vida, eran completamente extrañas para mí. Tania los apoyó en la mesa y se fue hacia la cocina por un momento. Momento que me sirvió para mirar con detalle en sus interiores e ir descifrando el misterio.
Había dos materias, una en cada frasco, parecían estar durmiendo, plácidamente, sumergidas en un líquido el cual las mantenía algo rígidas. Pero, al verlas bien, noté algo siniestro. Tenían cierto parecido con mi muñeca Rebeca, es decir, con un cuerpo humano. Y también me recordaban a los adornos de arriba del mueble. Las que parecían ser las cabezas, más grandes que el resto del cuerpo, algo ovaladas, no tenían cara. Y, seguido de un torso redondo, salían cuatro extremidades demasiado finas. También, tenían aquella expresión de abandono y sufrimiento que yo siempre intentaba cambiar en mi muñequita. Aquellas mismas expresiones de los seres del adorno. Un gesto de desdicha, de muerte, de carencia de algo, algo vital, de querer expandirse y crecer y no poder hacerlo, no poder desarrollarse. No poder vivir.
Se acercaba nuevamente la voz de Tania cantando el ”Cumpleaños Feliz”. Caminaba pisando dos veces en un mismo paso con cada taco. Los miraba fijamente, sonriéndoles con la cabeza inclinada y los ojos casi a punto de estallar. Reía y temblaba. Se acercaba cada vez más. En sus manos llevaba dos tortas, cada una con diecisiete velitas. Yo comenzaba a comprenderlo todo. Colocó los frascos en el centro exacto de la mesa redonda, y una torta en frente de cada uno ¡Parecía estallar de alegría! Parecía haber estado guardando todas sus palabras durante el año, solamente para aquel día. Allí el canto aumentó nuevamente su ritmo e intensidad. Un ser viejo y arrugado dando palmadas y festejándole el cumpleaños a dos seres enfrascados. Acercándoseles, besando cada frasco con intensidad ¿Serían sus hijos?
¡Dios mío! ¡Cuántas sorpresas me daba la tía! ¡Esto era magnífico! Allí no molestaban ¡Qué buena idea! Mantenerlos en aquel frasco por siempre. En ese momento estaban cumpliendo unos 17 años. Si. Los estaban cumpliendo. Claro que sin haber podido desarrollarse. Si lo hubiesen hecho, en aquel instante estarían sentados junto a su madre, quizá planeando su viaje de egresados, sus futuras carreras, sonriendo junto a ella, hablando de sus amigos y parejas. Pero, también, faltándole el respeto, estorbándola, haciéndole cumplir gastos para sus diversas trivialidades sin aceptar los pedidos de colaboración de la misma en cuanto al orden del hogar, es más, habiéndole hecho agrandar su casa o mudarse para que tuvieran sus cuartos. O habiéndole hecho pagar sus colegios, sus estudios universitarios, sus ropas, la comida, los juguetes cuando eran niños. Consumiéndola en todo sentido, esclavizándola, como mi madre me decía a veces ¡Tanto se ahorró! De esa manera podía amarlos sin necesidad de trabajar tanto por ellos. También podía tenerlos conservando sus formas más tiernas. Eternizando sus cuerpos de bebés. Aquellos de los que tanto le cuesta desprenderse a una madre al ver a sus hijos madurar. Manteniéndolos protegidos de cualquier peligro exterior. Y… aunque por dentro estaban vacíos… ¿Cuál era el problema? ¿Acaso dejaban de ser ellos? ¿Quién decide cuándo un ser pierde su identidad? A lo sumo estarían a medias, sus almas por un lado y sus cuerpos por el otro. Pero ¡Qué importaba! Estaban en silencio, se dejaban amar. La tía estaba feliz dedicándoles el día y pudiendo contemplar, en ese momento sin emitir sonido, sus amorosas imágenes, allí, serenas, inmersas en aquel líquido, algo borrosas, con expresión de ternura y tristeza, como antes mencioné. Alguna tristeza que les había quedado a ambos sellada aquel día en el que fueron quitados de algún seno a destiempo. Alguna tristeza que había quedado para siempre marcada en sus rostros aquel día en que perdieron la vida. Pero aquella expresión era sólo un destello de las viejas épocas. En ese instante reinaba la felicidad.
Nunca conté a nadie lo que vi aquel 15 de Octubre. Quedó guardado en mi mente como un momento más. Nunca dejé de visitar a la tía y ella jamás sospecho lo que yo había descubierto. Todo siguió igual. Excepto yo. Lo visto aquel día me enseñó como disfrutar a mis futuros hijos. Ya había comprendido la mejor forma de convivir con ellos.
